viernes, 28 de febrero de 2014

Tanto te conozco.

Él la ve pasar. La ve ir y venir sin emitir palabra. Tensa, inquieta, con los ojos vidriosos y su pollera blanca que se enreda con las sillas, la mesa, las puertas… La observa con detalle. El vaivén de su pelo negro que cae sobre el rostro. Sus hombros blancos, pecosos, delgados… Mira la mueca de su boca, esa boca que deja a la vista el mal momento por el que está pasando. La forma en que arruga su nariz cuando está ansiosa. Se sigue moviendo. Simula buscar algo que no busca porque ya notó como él la está observando.
Él, que siempre parece tan calmado, ahí, sentado con la corbata floja, la camisa desalineada, recién llegado de la oficina. Él, que la conoce tanto, sabe que tiene que dejarla ser. Mientras, revisa sus mails y se toma unos mates.
Finalmente, sucede. Se acerca sollozando, como una criatura a la que el capricho se le convirtió en llanto. El se pone de pie y extiende sus brazos. Ella se refugia en su pecho, frota su rostro en el, llora desconsolada, limpia su nariz en la camisa, en esa camisa blanca desalineada. El sonríe y masculla entre dientes palabras poco entendibles. Ella con una gesto angustiado pregunta: “¿Dijiste algo?”.
-“Que te extrañe, tonta”.
Ella vuelve a inspirar profundo el aroma que lleva él. El se quita la camisa. Ella deja de llorar…